martes, 10 de mayo de 2011

CAPÍTULO 14. Medio corazón

A las cuatro, estaba puntualmente apoyada en la puerta del box de Calgary, la cual ya estaba ensillada y embridada. En los tres o cuatro minutos siguientes fueron llegando unos niños cuya edad oscilaba entre los seis y diez años. Todos me miraban con curiosidad y la verdad, me sentí como entre enanitos del bosque...
En silencio cogimos a nuestros caballos y los bajamos al picadero, mientras María -la monitora de los niños pequeños- también bajaba a la pista y ayudaba colocando estribos. Yo me los coloqué sola y me subí, y fui la primera en comenzar a dar vueltas al paso de calentamiento.
Cuando por fin nos colocamos todos en fila -yo la primera, el resto detrás de mí-, empezamos un trote extremadamente suave. De hecho, María me pedía constantemente que redujera la velocidad para que pudieran seguirme los más pequeños. Y así sería durante toda la hora... Me iba a aburrir a morir.
Me sentí muy insegura cuando me subí a Calgary y al mismo tiempo poder verlo todo; pero, simultáneamente, mi cuerpo percibió lo a gusto que solía sentirse a caballo. Era una mezcla extraña, pero que de algún modo se complementaba a la perfección.
Hacia la mitad de la clase, más o menos, María anunció:
-Ahora, mientras vosotros trotáis y practicamos otra cositas, Silvia va a galopar. Os pido a todos que os peguéis mucho a la pared para que su yegua no se asuste. -Me miró-. Si galopas bien te pondré un salto o dos bajitos para que pruebes. Estoy haciendo unos experimentos. Adelante.
Presioné con los talones en los flancos de la yegua para que arrancase a un trote rápido, y le di suave unos golpecitos para que, finalmente, saliera al galope.
-Tienes que mejorar esa técnica -observó María-; pero vas bien.
Di varias vueltas a un galope más suave y luego más intenso; sin estribos y con ellos; de pie en las rectas y sentada en las esquinas... Según la monitora estuve sobresaliente.
-Ahora das una vuelta más, te colocas de frente a este salto y lo salvas.
Galopé hasta ponerme de frente al obstáculo -que no mediría más de 30 centímetros de alto- y lo salté con facilidad.
-Bien. Ya podéis subir los caballos.
Cepillé a mi yegua, le hablé y la acaricié mucho en el cuello, y después la llevé a uno de los grandes prados del centro. La observé olisquear el aire, dar vueltas buscando la hierba más apetitosa, y tras haberse dado un buen atracón, tumbarse a descansar en el medio del prado. El viento del norte despeinaba sus crines blancas y las echaba hacia su esbelto cuello. Las patas traseras estaban replegadas bajo el cuerpo, mientras que las delanteras se extendían placenteramente hacia delante; la cola larga y gris azotaba el aire sin parar...
En un arrebato de amor me acerqué a ella y me senté junto a su cuello, que empecé a acariciar con suavidad. Calgary piafó y me olió la mano; yo le acaricié su hocico de terciopelo antes de volver al cuello. Tras varios minutos la yegua se tumbó completamente. Dirigió la cabeza hacia el vientre y luego la giró para mirarme; casi parecía una invitación para tumbarme sobre ella, así que lo hice: con mucho cuidado me estiré de forma que mi cabeza reposaba sobre su cuello.
Y allí nos quedamos. Flotaba una inmensa paz sobre nuestra anormal conexión; una yegua y una humana cuyas vidas formaban un hilo inextricable. Ambas nos compenetrábamos como dos piezas semejantes de un puzzle, sabíamos casi lo que pensaba la otra.
Medio corazón mío era suyo; y medio corazón suyo, era mío.

domingo, 8 de mayo de 2011

CAPÍTULO 13.

En el comedor se repitió todo lo acontecido en la habitación. La gente me felicitaba al verme rezumando pura felicidad. La única que no se alegró fue esa estirada de Angélica, que me dijo con desprecio:
-Podrías haberte quedado ciega un poco más; a tu yegua le irían bien unas vacaciones tras tener que aguantar tu culo gordo.
La miré con la más inocente de las sonrisas y le contesté.
-Pero, Angélica, cómo no me había dado cuenta antes. Tu caballo está a punto de morirse de llevarte con las espuelas todo el día.
Me alejé con Luna riéndose detrás de mí, aunque vi por el rabillo del ojo que Angélica se ponía furiosa. Desayuné enseguida y corrí a hablar con Sam y con María. El despacho de ésta última estaba cerca de las cuadras de los caballos, así que corrí primero a la sala para ir después a su box y demorarme junto a Calgary.
-¡Hola, Sam! ¡Hola, María!
Ellas levantaron la vista y me miraron. Primero la sorpresa les tiñó los ojos; luego la alegría.
-¡Has recuperado la vista! ¡Es fantástico! -exclamó María abrazándome.
-Sólo venía a comunicároslo, y que a partir de mañana retomaré las clases tanto normales como las de equitación con Calgary -les dije.
-Pienso que es mejor que montes primero a la yegua en una clase preparatoria antes de proseguir, aunque sólo sea por volver a acostumbrarte a ver todos los obstáculos -sugirió María.
-Sí, buena idea; apúntame en cualquiera de las de los niños pequeños que vienen a montar.
-Me parece bien. Si quieres lo haremos hoy mismo, después de comer. A las cuatro en el picadero exterior, que hoy hace buen día.
Levanté el pulgar, sonreí y salí. La cuadra de Calgary estaba alejada, así que corrí como loca y entré en su box.
Calgary! Hola, bonita -le dije con dulzura, acariándole el cuello sin parar.
Su hocico inquieto me olió y resopló suavemente.
-Pensé que nunca te iba a volver a ver -le conté-. Pensaba que jamás contemplaría de nuevo, que ya sólo podría guiarme por los recuerdos que el ir y venir de nuestra memoria acaba olvidando. Sé que probablemente no puedas entenderme, pero te doy las gracias por estar ahí en estos tres meses, ayudándome a salir adelante.
Ella movió las orejas y piafó. Me acarició la mejilla con los belfos.
Yo sentí una humedad en los ojos que me esforcé en contener, emocionada.

sábado, 7 de mayo de 2011

CAPÍTULO 11. Luz

Transcurrió el tiempo igual que un río fluye entre las piedras. Tal vez esta alusión a un río no sea tan desacertada aplicada a mí; al igual que él, yo daba bandazos entre obstáculos intentando curarme -en su caso fluir- lo más deprisa posible. Toda mi natural alegría la había perdido entre la goma y los hierros del coche cuando el accidente; pero el día en que se me ocurrió mi genial idea de volver a montar con ayuda, todo fue un poco más soportable. Las mañanas, plagadas de "siento tu desgracia" y "te comprendo", transcurrieron con más velocidad al saber que por la tarde estaría a lomos de Calgary. ¿Cómo podían comprenderme personas que nunca habían experimentado lo que es estar rodeada de oscuridad y sonidos? Mi yegua sí lo hacía. Años después todavía no alcanzo a comprenderlo, cómo es posible que Calgary pudiera saber mis deseos incluso antes de pedírselos. Ella lo hacía todo por mí cuando montábamos. Yo sólo tenía que abrir la mente, relajarme y disfrutar del paseo. Sam incluso nos había concedido dar paseos al aire libre, en el prado, acompañadas de otros caballos. Y esa era una victoria importante. Así, peleando por lo que creía que me correspondía, pasaron tres meses.
Un domingo, como otro cualquiera, me desperté. Me quedé vagueando en la cama un rato largo, calentita bajo las mantas. Ya oía a Luna levantarse y arreglarse como cada mañana. Me desperecé, bostecé y la miré, apoyada en el quicio de la puerta del baño.
-Anda, te has puesto rizos -comenté-. Estás muy guapa.
-¿Eh? ¿Cómo lo sabes? -no me estaba mirando.
De repente caí en la cuenta de que algo no encajaba. ¡VEÍA! Todos los colores, la paleta del universo de mi habitación, en todas sus formas, se abría de nuevo ante mí. Podía verlo todo otra vez, con la exactitud de antes.
-¡VEO! -grité-. ¡Oh, Luna, te estoy viendo! ¡Te veo!
Era tanta mi alegría que me puse a llorar y reír al mismo tiempo. Creo que tuve un ataque de histeria. Tanto tiempo privada de la luz y los colores y las formas, y un día el caprichoso destino me lo devolvía sin previo aviso. Chocante, cuando menos. Gritaba y lloraba, y de repente me ponía a reír. Las chicas de las habitaciones contiguas venían a nuestra habitación y me veía, y yo les comunicaba la nueva y se reían conmigo. Entonces llegaron los chicos. No nos importó a ninguna que nos vieran en pijama. Diego fue el primero en llegar y, al darse cuenta, me abrazó con fuerza y oí su risa en mi oído.
Cuando Luna, impaciente por naturaleza, consideró que había pasado el tiempo suficiente, dio una palmada.
-Y ahora, ¡todos fuera! -exclamó sin perder la educación-. Silvia tiene que acostumbrarse a su nueva situación. Largo.
Tardaron un tiempo bastante considerable en irse, pero por fin nos dejaron solas. Cuando se cerró la puerta me lancé a los brazos de Luna y la besé en la mejilla.
-Gracias por todo lo que has hecho por mí a lo largo de este tiempo difícil -le dije.
-Sólo puedes agradecérmelo de una manera: vistiendo bien combinada. ¡Me has puesto muy nerviosa viendo que llevabas unos pantalones rojos con una camisa rosa! -bromeó, pero se le notaba el cariño y la emoción en la voz.
Me puse mis vaqueros favoritos -¡qué gusto ver de nuevo su color claro!-, una camiseta roja y un jersey de rayas. Todos los colores me parecían brillantes y bonitos. Incluso el amarillo, un color que antes odiaba, ahora me gustaba.
-Vamos. Hay que desayunar e ir a contárselo a María, a Sam y a todo el que se cruce con nosotras -dije con infinita alegría.
Y ella estuvo de acuerdo.

lunes, 14 de marzo de 2011

CAPÍTULO 10. Fusión

Estaba enferma.

¿O no lo estaba?
Aparte de mi evidente invidencia, los cortes y magulladuras habían curado bien. No eran más que malos recuerdos. Pero la luz seguía velada a mis ojos, y eso era peor que cualquier herida, por mucho que sangrara.
-¿Estás segura de que quieres hacerlo? -preguntó Luna nerviosa.
Aunque sólo llevaba una semana sin visión, mi oído era mucho más fino que antes, y me había acostumbrado a fiarme de él. Dirigí el rostro hacia donde me hablaban y forcé una sonrisa.
-Claro. Si no, no lo intentaría.
En realidad no estaba tan segura como lo parecía. Sí, quería hacerlo, pero estaba segura de que sería un fracaso. No quería ni imaginar las consecuencias de si me caía o algo. Sería horrible. Luna me llevaba de la mano, porque aún no me había acostumbrado a usar el bastón ese de ir tanteando el camino.
-Quédate aquí -pidió-. No te muevas. Estás en una esquina del picadero. Voy a por Calgary y vuelvo enseguida.
-Vale.
Sí, iba a hacer lo que estás pensado: me subiría -vale, con ayuda- al caballo porque quería volver a sentir su rítmico movimiento bajo mis piernas, el calor corporal del animal subiendo por mi cuerpo, el júbilo que siempre me inundaba al montar a caballo. Luna iría a mi lado todo el tiempo y Sam, la monitora, llevaría con una cuerda a Calgary. Escuché los cascos de mi yegua repicando contra la rampa de madera que llevaba a la arena del picadero y a Luna y Sam conversando con tranquilidad. Nerviosa, rasqué el suelo de arena con la punta de mi bota de montar. Las dos chicas y la yegua se acercaron a mí; Luna me llevó la mano para acariciarle el cuello a Calgary y entre las dos me ayudaron a subirme. Dios, me parecía que llevaba una eternidad sin montar, aunque en realidad no lo había hecho sólo dos días. Sentí que Sam cogía a la yegua por la cabezada y le di con los talones para instarla a avanzar.

Transcurrió así media hora. Mi cuerpo, acostumbrado ya a los movimientos habituales del caballo, iba totalmente compenetrado con el animal y se movía de una manera casi automática; sin embargo, yo tenía miedo de caerme, algo que jamás me había asustado. Tras esos treinta minutos de felicidad a lomos de mi animal favorito, quise arriesgarme un poco más.
-Sam -dije-. ¿Puedes soltar la cabezada? Por favor. Quiero ver si soy capaz de dar un par de vueltas sola.
-No sé si es muy buena idea -repuso ella-. Pero creo que merece la pena intentarlo. Te diré cuándo empieces a girar en las esquinas, y te avisaré de otros obstáculos.
Sentí la cabeza y el cuello de Calgary agitarse con placer cuando la monitora soltó la cabezada y se alejó unos pasos. De repente me sentí mucho más insegura y ya no tan decidida con mi idea. Me aferré bien con las rodillas, por si acaso, y cerré con fuerza los dedos en torno a las riendas. Pero mi yegua, probablemente por su sangre de Lusitana, continuaba avanzando con un paso tranquilo y regular y parecía anteponerse a mis órdenes.
-Empieza a girar, Silvia -advirtió Sam. Pero Calgary ya lo estaba haciendo por mí.
Parecía que la yegua y yo nos convirtiéramos en un solo ser. Ambas hacíamos los movimientos -por ejemplo, el animal tiraba ligeramente de la rienda izquierda para girar a la derecha- completamente sincronizadas. Estábamos fusionadas, tal vez porque una desgracia nos unía ahora más que nunca: ella arrancada de una cuadra sucia y pequeña, y yo viendo a través de sus ojos.
-Lo estás haciendo muy bien -dijo Sam.
-Gracias.
Aunque la frase era corta, bastó para hacerme profundamente feliz.

miércoles, 2 de marzo de 2011

CAPÍTULO 9. Redención.

Por culpa de un segundo, ni siquiera, de una fracción de segundo, había perdido todo. Jamás volvería a ver un atardecer, ni a Calgary, ni los colores, ni las formas. Lo único que habría sería oscuridad, negrura que me acecharía por todos lados y me obligaría a realizar pasos en falso a cada minuto. Sería como un rotulador permanente, que a medida que lo extiendes, cubre todo lo que hay debajo. Reproduzco mentalmente los hechos tal y como los recuerdo. A cámara lenta, el tiempo y el espacio suspendidos en el aire, veo de nuevo el coche frenando bruscamente, vuelvo a oír el chirrido de los neumáticos, huelo el olor de la goma quemada de las ruedas tratando de detener los mil kilos del vehículo. Rememoro el terror de la cara de Luna al sentirse ya atropellada, el impacto contra el suelo brutal. Recuerdo los estrépitos, gritos, ruidos, humo, mal olor, metal agujereado y abollado. El cuerpo del conductor semiinsconsciente tendido boca abajo en el suelo y Luna yaciendo aturdida a mi lado. La sangre tibia vuelve a bombear con fuerza en mi sien y en mi mejilla, donde recibí dos cortes poco profundos. Mi mente estalla de dolor al rememorar la luz impactando contra mis ojos sin protección, al mismo tiempo que me siento morir abrasada por dentro y por fuera.
Después de eso, la nada.
El dolor y el alivio se daban la mano en el hospital. El dolor seguía abrasando mis ojos pero los olores ya no penetraban en mi nariz ni los estrépitos dañaban mis tímpanos. Los médicos levantaron mi cuerpo retorcido de agonía y lo depositaron en una camilla. Sumida en la negrura, mi cuerpo recuerda los bandazos de la ambulancia al desplazarse a toda velocidad por las calles, la sirena sonando, los otros coches dejando paso al vehículo sanitario enloquecido. Toda una odisea de golpes, de nuevo, cuando mi camilla es bajada de la ambulancia y trasladada corriendo al interior del hospital. Olor a medicina. Exlamaciones.
Dolor. Alivio. Frío. Calor. Vida. Muerte.
El ying y el yang sacudían mis entrañas por dentro.
Medicinas, sedantes, pinchazos. Palabras de ánimo, caricias, suspiros. Esperanza. No me iba a morir. Pero tal vez quedaría ciega para siempre. Faltaba el testimonio del médico.
-No perderás la vista por siempre. Acabarás recuperándote, a la larga.
Entonces mi mente se llenó de todo y de nada. Fuerza, carácter, esperanza, ánimo. Me iba a hacer falta desgranar cada granito de valor y de suerte. Lo necesitaría.
Jamás he sido una persona especialmente fuerte. Más bien, de niña me caracterizaba por desanimarme demasiado pronto. Cuando tienes todo y de repente te quedas sin nada, te hundes. Y más en mi caso. Los sentimientos formaban una compacta marea que me arrastraba hasta el abismo. Y una vez dentro, ya no podría volver a salir. Pero, cuando en tu vida sólo hay dolor y tristeza, y repentinamente unas palabras, una sonrisa, te inspiran confianza, tu organismo recupera todo el valor que has tenido a lo largo de tu vida. Entonces se concentra más y más durante medio segundo, y acto seguido se vuelca con fuerza. Llena tu cuerpo, lo vivifica, despeja tu mente. Ves el futuro mucho menos oscuro que antes, tal vez incluso una luz al fondo. Y entonces te agarras con uñas y dientes, o cualquier otra cosa, para trepar de los abismos del dolor y culminar en la esperanza y la redención. 

lunes, 28 de febrero de 2011

CAPÍTULO 8. Accidente

Pasaron los meses, de septiembre a enero, y se sucedieron las semanas y los días. Las alegrías y las penas. El sábado, dos de febrero llegó soleado y con una temperatura perfecta. Me levanté con ilusión sin saber que ese día viviría algo que cambiaría por completo la forma que conocía de vida.

En este centro, los sábados son un día que constan de dos partes. La primera tiene lugar por la mañana y las únicas acciones que se registran son levantarse, abrazarse a un cojín y ver la tele. Después de comer, solemos cambiarnos de ropa y ponernos los modelitos de salir, y tenemos tiempo para ir a Coruña hasta las ocho y media. Yo tenía pensado coger el bus para ir al centro comercial y comprar algo de ropa y puede que unos libros; Luna quería acompañarme, porque necesitaba recargar su armario de potingues, en el que se amontonaban miles de cremas, maquillajes, lápices de ojos y todo tipo de cosméticos. Una vez abrí el armario buscando mi cepillo de dientes y se me cayó todo encima; tardé unos diez minutos en recogerlo todo.

Comimos ensalada de pasta y filetes de buey -hay que reconocerles que la comida está buena-, y luego subimos a cambiarnos.

Cuando bajamos las escaleras ya había un montón de gente apiñada. Los profesores ya nos habían dado la chapa a principio de curso de que teníamos que ser responsables y blablablá, así que ya no estaban allí cuando nos íbamos de parranda. Luna y yo salimos del edificio de las habitaciones, recorrimos todo el camino y salimos a la entrada y nos sentamos en la parada, que estaba justo al lado. El autobús sólo tardó tres o cuatro minutos en venir y estaba casi vacío, lo cual era estupendo; nos sentamos al fondo y hablamos durante todo el trayecto. La mayor parte de la conversación versó sobre lo guapo que era X chico y lo feo que era cualquier otro. Cuando al fin nos detuvimos, bajamos ilusionadas y entramos en el gran centro comercial. Nos tiramos ahí cerca de tres horas, más o menos. Eran las siete y cuarto cuando salimos. La parada estaba en el otro extremo de la plaza y teníamos que cruzar dos pasos de cebra antes de llegar a ella. En el segundo...

Aún hoy, años más tarde, no estoy muy segura de lo que ocurrió. La mayor parte de mis recuerdos de ese momento la ocupan un intenso dolor, gritos y demasiada luz. Me he informado y he presionado a Luna para que me cuente cosas, y pude reconstruir los hechos, más o menos. Lo que ocurrió fue que un coche que iba a demasiada velocidad tocó el claxon y frenó bruscamente. El vehículo derrapó y nos embistió, y nos caímos al suelo. Sé que los coches que iban detrás también chocaron entre sí. Luna y yo estábamos en medio de una espiral de humo, gritos y metal deformado; en un determinado momento no sé muy bien qué pasó, pero me vi cegada con gran violencia, tanta que grité de dolor. Me parece que fue el sol, reflejado en trozos de espejos retrovisores, amplificada su fuerza, impactando contra mis ojos.

Mi abuela decía que cuando mueres, no sientes nada. Pensaba que cuando mueres ya no existes, no hay segunda vida ni cosas así. Decía que sólo hay color negro, no existen los sentimientos ni las formas, ni siquiera los estímulos. Cuando la luz del sol chocó brutalmente contra mis ojos y me vi sumida en la negrura, pensé que había muerto. No veía nada, y al principio no sentí nada. De repente un fogonazo de calor comenzó a arder en algún punto de mi cuerpo, no sabía cuál porque en medio de aquella oscuridad no sabía qué era arriba y qué abajo. Las llamas se extendieron con fiereza por todo mi cuerpo. ¿Me estaba quemando? En cualquier caso, la sensación era opresiva y excesivamente dolorosa. Más que eso; era como si todo el fuego del infierno estuviera concentrado en mi cuerpo y lo hiciera arder, por dentro y... ¿por fuera? Entonces escuché las voces. Una de ellas gritaba y lloraba. Las demás eran muy confusas y en absoluto familiares. Agucé el oído y oí otros sonidos; me pareció reconocer el de una ambulancia y el de la policía. De pronto me di cuenta de que el calor había dejado de extenderse; más bien parecía una lengua de lava alrededor de ese punto de mi cuerpo desconocido. El calor se intensificó paulatinamente hasta casi hacerme enloquecer de dolor. Quería gritar, chillar, correr y tirarme directamente al agua del Polo, pero en el fondo sabía que nada de eso me aliviaría. Sólo podía esperar, y convertir la espera en el analgésico para el desesperante dolor.

-¿Silvia? Dime algo, por favor, por favor -gritó una voz a mi lado. La reconocí, era Luna-. Oh, Silvia, contéstame...
-Luna... -sólo tenía fuerzas para hablar muy lentamente-. Me duele.
-No te preocupes, Silvia, te pondrás bien -dijo ella. Noté algo frío alrededor de otra parte distinta de mi cuerpo. Su mano en la mía. Y entonces... Oh Dios. Me estaba quedando ciega. El impacto fue tal que me quedé sin palabras-. Por favor, mírame.
-No, no, no puedo... -mi voz se hizo pastosa y unas lágrimas corrieron por mis mejillas. Alivió en parte el dolor de mis ojos, pues ahora sabía que de eso se trataba.

Finalmente la miré. Bueno, no exactamente. Volví el rostro hacia donde pensaba que estaba ella y dejé que me mirara y lo asimilara. Me palpé la cara. Seguía sintiendo el dolor, pero mantuve cuidado de no tocarme los ojos. Creo que tenía un corte en la mejilla y una herida que sangraba en la frente.

A partir de aquí mis recuerdos son muy confusos. Me desvanecí por el dolor y ya no sé qué pasó.

domingo, 27 de febrero de 2011

CAPÍTULO 7. Mi corazón seguirá y seguirá.

El jueves, antes de música, no vino la profesora, y así pude ensayar durante más tiempo la canción que había escogido para la prueba -entre comillas- de música. Yo aspiraba a bailar y cantar al mismo tiempo, y en alguna canción tal vez tocar y hacer los coros, pero la verdad me daba igual. Había elegido My Heart Will Go On, la de Céline Dion. En caso de que alguien tuviera la misma, aunque no creía, tenía preparada You're Beautiful, de James Blunt. Luna quería entrar en el grupo de los bailarines y para bailar había escogido Right Round. Y por último, Diego cantaría y tocaría Era, una bonita canción de Estopa.



Cuando por fin tocó el timbre y Manuel, tan puntual como el martes, entró en clase, todos nos callamos, expectantes. El profe no llevaba nada en la mano, y me extrañé, pero dijo:



-Vamos al aula de música. En adelante lo haremos todos los días de música. Venga, recoged y nos vamos.


Lo hicimos en menos tiempo del que cabría esperar. Pero era lógico, todos estábamos impacientes. El aula de música era pequeña y claustrofóbica, aún me pregunto cómo pudimos entrar todos y sentarnos allí. Había dos armarios, sillas de esas con una mesita incorporada y un teclado eléctrico. Además una guitarra española estaba apoyada contra la pared, metida en su funda. Manuel nos ordenó sentarnos en cualquier silla y empezaríamos.

-Primero vamos a escuchar a los que quieran tocar -dijo sonriendo-. ¿Algún voluntario?

Se sucedieron los alumnos. La mejor, en mi opinión, fue una chica tímida que tocó Paparazzi, de Lady Gaga. Su interpretación fue despedida con un gran aplauso.

-Bien. Ahora escucharemos a una parte de los cantantes, y el resto (además de los bailarines) lo haremos el próximo día. ¿Quién quiere empezar?

Levanté la mano. Pedí alguien que me acompañara al piano -que fue la chica tímida, Ana-, le entregué mis partituras y me quedé de pie en medio del estrado. Y unos segundos después de que 
Ana empezara a tocar canté:

Every night in my dreams
I see you, I feel you...

-Perdón, ¿puedo pasar? -interrumpió bruscamente una chica rubia, un par de años mayor que yo, asomando la cabeza por la puerta-. Traigo una autorización.
-Adelante, Angélica. Estábamos en medio de la prueba de cantantes -la recibió Manuel.
-Fantástico.

Vale, sé que no debería andar con prejuicios, pero ¡joder! La tal Angélica me cayó mal de inmediato. No tanto porque me hubiera interrumpido, sino porque rezumaba esa clase de condescendencia y arrogancia que poseen muchas personas. Al ver cómo me miraba -metiéndome el repaso de la cabeza a los pies- supuse que yo tampoco le gustaba.

-Silvia, continúa por favor.

Ana volvió a empezar la canción y de nuevo canté los dos primeros versos, pero me vi interrumpida de nuevo por Angélica.

-¿Puedes explicarme qué rayos haces cantando mi canción? -preguntó, pero sonó casi como un ladrido de un pitbull.
-Eh... Creo que me he perdido. ¿Eres Celine Dion? -pregunté fingiendo inocencia.
-¡Esa canción siempre la canto yo! ¡Díselo, Manuel!
-A ver, chicas, un poco de orden -pidió Manuel conciliador-. Cierto que tú la cantas siempre, Angélica, pero Silvia es nueva y no lo sabía. De todos modos en la prueba se pueden repetir las canciones y cada uno puede escoger la que quiera. Por eso te pido que te sientes y guardes silencio, mientras Silvia canta de una vez.

Por tercera, y esperaba,  última vez, comencé a cantar el tema de Titanic. Fui consciente de las miradas de odio de Angélica, pero seguí como si no me  diera cuenta.

-Estupendo -dijo Manuel impresionado cuando acabé-. Ya estás dentro. ¡Bienvenida!

lunes, 21 de febrero de 2011

CAPÍTULO 5. ¡Música, maestro!

Una vez más, Luna y yo nos levantamos muy tarde y tuvimos que vestirnos mientras desayunábamos y a toda prisa. Teníamos matemáticas, con un hombre de Nivel Experto: la clase más difícil que había tenido nunca. De hecho, muchos se daban por suspensos y ni siquiera intentaban atender.

Mientras bajábamos corriendo las escaleras, Luna comentaba:

-¿Sabes? Diego pidió el cambio de clase, porque está en C, la de los que se portaban mal, y creo que viene a nuestra clase.
-Qué bien -respondí.
-Ahora veremos si está en clase.

Lo estaba, efectivamente, y a nuestro lado. Más bien al mío, porque recuerda, yo me sentaba atrás y Luna delante. Nos alegramos que no veas, porque las clases eran muy aburridas. Especialmente biología, cuya profesora tenía una voz que, en fin. Buf, cómo me reí. Criticándonos todo el rato en plan de broma y llamándonos de todo menos cosas buenas...

En la hora anterior a música casi botaba de impaciencia. De hecho la profesora tuvo que pedirme que me sentara y me callara en una esquina. No supe muy bien de qué hablaba cuando empezó, pero la verdad me dio igual. Conté los segundos a partir de cincuenta y nueve que quedaban para que sonara el timbre. Cuando lo hizo y se fue la profe, entró inmediatamente Manuel, el de música.

-¡Hola, chicos! -saludó. Llevaba una camisa blanca remangada, vaqueros y Converse. Era muy joven, tal vez tendría treinta años como mucho-. Hoy no vamos a hacer nada especial, salvo hablar de lo que nos gusta y de lo que vamos a hacer en esta clase. Vale, os voy a repartir una ficha a cada uno que tenéis que cubrir. Después las intercambiaremos y leeremos lo que ha puesto el compañero.

Se repartieron las fotocopias. Era una hoja en blanco y negro simple, en la que ponían las siguientes preguntas, y que respondí como sigue:

Nombre: Silvia San Miguel. Música que escuchas: Todo lo que me guste: mezclo rock antiguo con punk y música de Katy Perry o LadyGaga.
a) CANTO. ¿Te gusta cantar? Sí. ¿Qué nota del 1 al 10 te darías como cantante? Un 6 como mucho, pero sigo bastante bien el ritmo.. Nombra 3 canciones que te gustaría cantar. Cualquiera que me pongan, en cualquier idioma.
b) BAILE. ¿Te gusta bailar? Sí. ¿Qué nota del 1 al 10 te darías como bailarín/a? 6 ó 7. Nombra 3 canciones que te gustaría bailar. Cualquiera que me pongan.
c) INSTRUMENTOS. ¿Sabes tocar alguno? La guitarra. ¿Qué nota del 1 al 10 te darías en caso afirmativo? Un 7 más o menos. En caso negativo, nombra 3 instrumentos que te gustaría aprender a tocar. ----

Cuando todos acabaron de cubrir la ficha en medio de un barullo tremendo, Manuel las recogió y nos entregó la de otro compañero. La mía la leyó una chica llamada Pili. A dos minutos de que tocara el timbre, el profe anunció:

-La verdad, no os pregunto esto porque tenga curiosidad. Yo quisiera hacer con vosotros, en conjunto, una función para el resto del alumnado. Se me ha ocurrido que los que sólo canten, harán coros y cosas por el estilo; los que canten y bailen, cantarán y bailarán las canciones; y por último, los que toquen o quieran aprender a tocar, acompañarán a los demás. ¿Alguna pregunta?
-Yo hago las tres cosas, ¿dónde me coloca eso? -pregunté, emocionada por la idea.
-Supongo que depende de la canción -respondió-. Hay mucho tiempo para prepararlo todo, pero en principio quisiera hacer un número en Navidad, otro en Semana Santa y otro a final de curso. Y si todo va bien, otro más en Carnavales.

Sonó la campana.

-Bueno, pues el próximo día ya hablaremos sobre todo esto. ¡Adiós! -se despidió el profe.

Luna y yo nos fuimos al comedor hablando de lo simpático que era Manuel. Por el camino coincidimos con Pablo, que también alabó la simpatía del profesor. Juntos, cogimos las bandejas con la comida y se inició, una vez más, una semilibertad plagada de humor y bromas.

viernes, 18 de febrero de 2011

CAPÍTULO 4. Calgary y yo.

La profesora de equitación era la misma rubia que había visto en el picadero por la mañana. Muy bajita, joven -no más de veintipocos años- y con una gran sonrisa.

-¡Hola a todos! Me llamo Sam, de Samanta, y soy vuestra monitora. Ojo: SÓLO monitora. Sólo os enseñaré a montar. De enseñaros los cuidados del caballo y tal se encargará María. Os explico: ahora, después de estas instrucciones, cogeréis a vuestro caballo y lo bajaréis al picadero pequeño. Dedicaremos unos minutos a colocar los estribos y después empezaremos a montar. Algunos de vosotros ya lleváis algo montando ¿no? Mejor. Voy a supervisar vuestros progresos, y cuando María y yo pensemos que estáis preparados para pasaros a salto, os lo diremos y la decisión será vuestra. Recordad, la mayoría de los jinetes de este centro tardan sobre dos años en estar preparados para el salto. Y ahora, ya me callo, ¡vamos abajo!

Saqué a Calgary de su box y seguí a una niña de unos doce años que montaba a un caballo blanco bajito. El picadero era de tierra marrón oscuro y con lámparas de neón blancas en el techo. Cuando llegaron todos los jinetes con sus monturas me di cuenta de todos los que éramos: catorce. En mi clase del verano sólo éramos siete.

Cogí la estribera y tiré de ella para colocarme los estribos. Metí el pie izquierdo en su correspondiente estribo, salté un par de veces y me aupé. Mi yegua es bastante alta, pero soy ágil, y me subí encima con bastante facilidad. Lo había hecho docenas de veces. Desde arriba, me coloqué el estribo derecho a la altura del izquierdo, me saqué la fusta de la bota y cogí cortas las riendas.

-Los que ya estéis listos, podéis ir dando vueltas al paso por la pista, al paso. Eh, tú, la de la yegua torda -me llamó-. Serás la primera, he visto lo rápida que es Calgary.


Asentí y espoleé a mi yegua para que avanzase hasta la pared y la siguiese. Eso ya lo hacía desde el verano, y supuse que esto sería igual, así que comencé a hacer los ejercicios habituales: me puse de pie sobre los estribos, los solté, hice que Calgary  caminara más deprisa sin pasar al trote, cosas así.


Cuando estuvimos todos en la fila -detrás de mí iba Luna con  Winston-, Sam dijo que empezáramos a trotar a la inglesa. Lo hice, subiendo arriba y abajo coordinada con las patas de Calgary y procurando mantener siempre el ritmo. Sam me dijo que lo hacía muy bien. Trotamos de varias formas distintas, como la española, consistente en ir sentada en la silla intentando no subir ni bajar; o con una mano en la cadera y la espalda muy recta y un poco atrás. Eran apenas las cinco y veinte cuando terminamos los calentamientos y empezamos a galopar.


Fui la primera. Bastaron tres o cuatro patadas para que mi maravillosa yegua saliera a un galope constante y rápido. Mi melena rebotaba en mi espalda a cada paso, pero yo me sentí llena de euforia. Adoraba a mi yegua, nuestra conexión era increíble: con sólo apretar ligeramente las rodillas y tirar un poco del lado correspondiente, conseguía que se arrimara a las esquinas. Y bastaba darle una patada o dos para que galopara más rápido, o tirar hacia mí de las riendas para que frenara.


-Bien, ahora das otra vuelta y te colocas de frente a este obstáculo, y cuando te diga ya le das una patada a Calgary para que lo salte -dijo Sam.


Hice lo que me pedía. Yegua y yo saltamos por encima de un obstáculo muy bajito. Sam me felicitó y volví a mi sitio, satisfecha. Palmeé y acaricié varias veces el cuello de Calgary, viendo cómo Luna trotaba durante unos metros antes de salir a un galope lento.


Galoparon todos muy bien, salvo la niña del caballo blanco de antes, a la que le costó bastante controlar a su caballo. Acabamos la clase sobre las seis y cuarto o así. Después subimos, metimos a nuestros caballos en su cuadra y María, la profesora, nos enseñó a cepillar a un caballo a contrapelo, por ejemplo, y otros cuidados básicos. A las siete salimos de las cuadras, y en compañía de Luna, fuimos a ducharnos y a ponernos el pijama. Después de hacerlo bajamos al salón, donde la mayoría de chicas estaban en pijama como nosotras o por lo menos duchadas, viendo la tele.


No hubo gran actividad a partir de ahí, sólo que fuimos a cenar -los chicos duchados y con ropa vieja, nosotras en bata- y nos retiramos a nuestra habitación. Aún pasaron dos o tres horas antes de dormirnos.


Ojalá todos los días que estuviese aquí fueran así.

jueves, 17 de febrero de 2011

CAPÍTULO 3. El primer día.

La voz de Luna me sacó de un bonito sueño en un bosque encantado.

-¡SILVIA! ¡DESPIERTA! ¡Vamos a llegar tarde!
-¿Qué hora essss...? -logré preguntar aún medio dormida.
-¡Casi las ocho! Tenemos que estar a las ocho y media en el aula 23.

Me despejé de golpe. Luna estaba ya vestida y aseada, comiéndose un cruasán, y tenía una taza al lado.

-Toma. -Me tendió otro bollo-. ¡Y date prisa!

Me puse unos vaqueros y una sudadera cualesquiera mientras me comían rápidamente el cruasán. Me peiné y me lavé la cara con prontitud.

-Vamos, corre -dijo Luna arrastrándome fuera de la habitación-. Tu pelo está hecho un desastre: hazte una coleta.
-¿Qué hay ahora? -pregunté mientras me la hacía, caminando deprisa escaleras abajo.
-Lengua, y creo que la profe es muy estricta. Nunca permite las faltas de puntualidad.

Llegamos justo antes de que tocara la campana, y como estaba previsto, entró la profesora. Era una mujer muy alta y muy delgada, vestida de gris desde el moño hasta los pies. Parecía una de esas institutrices inglesas de hace años. Luna y yo nos sentamos al fondo, ella delante y yo detrás, mientras la profe empezaba la clase:

-Hoy es el primer día de este curso, y quiero evaluar sus conocimientos, alumnos. Repartiré una hoja de análisis sintáctico. Acuérdense de...

Las oraciones eran bastante chungas, pero creo que supe hacerlas. Jopé, la señora era muy severa, no perdonaba nada de nada, ni siquiera pedir un típex. No me gustó nada. Cuando acabó la lección toda la clase suspiró y se relajó. La profe de lengua había dejado la puerta cerrada, por eso todos nos sorprendió bastante que se abriera de golpe y no entrara nadie. Pero repentinamente, corrió al interior una figura pequeña, saltó encima de la tarima y gritó:

-Bonjour, élevès!

¡Dios! Si quería un profesor loco, ahí lo tenía: el de francés. Hizo tonterías durante toda la hora, y era de estos hombres que es imposible que no te caiga bien de inmediato. Nos examinó verbalmente, a ver cómo estábamos de vocabulario. Yo suscité su atención.

-¡Caramba! Sabes más palabras hasta que yo -dijo sorprendido, y se rió.
-Me ha gustado el francés desde pequeña -contesté con sencillez-. Cuando tenía diez años me compraron un diccionario de francés y me entretenía buscando palabras...

La clase fue así en general. Después hubo un recreo de veinte minutos en el cual pude a) bajar a la cafetería y b) ir con Luna a ver a Calgary en plena clase. La montaba un chico de unos veinte años con cara de experto que la hizo galopar sin ningún problema.

-¡Eh, Sam! ¿Es nueva esta yegua? -preguntó el chico a la monitora, una chica rubia y bajita que estaba en medio de la pista.
-No, es de aquella chica, la del pelo marrón -respondió ella señalándome con la barbilla.

Él me sonrió y me dijo:

-Tienes una yegua magnífica. ¿Calgary, no?
-Sí -me enorgullecí.

El resto de la jornada de la mañana transcurrió sin incidentes. Como era lunes, aún no pude saborear una clase de música que esperaba, sería genial. Fui al comedor en compañía de Luna.

-¿Quieres conocer a mis amigos? -dijo animada-. Llevo aquí sólo tres semanas, pero ya he conocido a bastante gente.

-Venga, preséntamelos. -Tampoco quería ser una marginada.
Saltando delante de mí, me llevó hasta la cola, donde una larga fila de alumnos hacían cola; al final había dos chicos y una chica extraordinariamente alta, mediría casi uno noventa o así.

-¡Hola chicos! -saludó con entusiasmo-. Esta es mi amiga Silvia, mi compañera de habitación. -Saludé tímidamente.
-Yo soy Carlota -se presentó la chica. Tenía unos ojos enormes y muy azules, y era muy guapa.
-Y yo, Pablo -añadió otro. Lo miré durante un segundo, pensando...-. Soy gay.

¡Ah, me lo imaginaba!

-Sus padres se entusiasmaron cuando lo supieron -dijo el tercero-. Me llamo Diego.
-Me alegro de conoceros a todos.

La comida estaba bastante buena y el tiempo de semilibertad transcurrió entre cháchara y risas. De los tres amigotes de Luna, el que mejor me cayó fue Pablo, era increíblemente gracioso y serio a la vez. Carlota discutía con Diego por cualquier cosa, incluso por el número de macarrones con queso que había en sus respectivos platos.

Terminada la comida, Luna me indicó que teníamos tiempo libre hasta las cinco (y aún eran las tres y poco), hora en la que teníamos que estar enfrente del box de nuestro caballo. Aproveché el tiempo para llamar a mi padre y eché un par de partidas al billar con Pablo, Diego, Luna y Carlota. Pablo era muy bueno y nos ganó enseguida.

-¿Qué optativa has escogido, Silvia? -quiso saber Carlota en algún momento de la segunda partida.
-Eh... música, ¿tú?
-¡Yo también! Además, es mi segundo año aquí y el año pasado también me dio Manuel. Vamos a cantar ¿sabes? Y a bailar y a tocar instrumentos... Y no va a ser como una clase normal.
-¡Qué guay! -exclamé-. Me encanta cantar.

Diego también se había apuntado a música, pero Luna y Pablo preferían teatro.

Transcurrido el tiempo libre, a las cinco menos cuarto fui a cambiarme -me puse mis pantalones de montar, botas y una camiseta de manga corta vieja-, cogí mis casco y fui a las cuadras en compañía de Luna. Ensillamos juntas a nuestros caballos y aguardamos expectantes el comienzo de la clase de equitación.

miércoles, 16 de febrero de 2011

CAPÍTULO 2. La escuela.

Ya estábamos saliendo de A Coruña; de hecho a mi derecha veía uno de los centros comerciales, y cada vez había menos edificios a nuestro alrededor. Transcurrió un silencio en absoluto incómodo, mientras mi padre conducía con tranquilidad y yo observaba el verde paisaje. Empezó a llover suavemente. Fantástico.

Cuando al fin vimos el internado me llevé una sorpresa enorme. En mi defensa diré que nunca lo había visto, ni en fotos, ni en internet. La escuela estaba compuesta por varios edificios bajitos y con un toque campestre, además de un prado gigantesco, otro más pequeño separado con vallas electrizadas donde pastaban algunos caballos, y no se veía el final del recinto. Nos bajamos del coche en el aparcamiento, y me fijé con agrado en que había otros cuatro vehículos; no sería la única nueva. Papá y yo buscamos las oficinas, que descubrimos cerca del portón de entrada. Allí nos atendió una señora de unos cincuenta años gorda y amable.

Toma, aquí tienes un mapa de la escuela –dijo tendiéndomelo– y tu horario de clases.

Les eché un vistazo. Del mapa no me enteré mucho, pero el horario era uno de los más extraños que había tenido nunca; al final del martes y viernes tenía puesto la palabra Optativa. Y abajo ponía:

Optativas:
- Música
- Teatro
- Esgrima
- Baile
- Refuerzo de las Asignaturas

Escoge una, Silvia –dijo la mujer–. Yo te recomiendo música, el profesor Manuel Pérez es uno de los hombres más divertidos que he conocido nunca.
Lo pensaré. ¿Qué debo hacer ahora?
Oh, te acompañaré a los dormitorios y dejarás tus cosas. Tienes tiempo libre hasta la hora de cenar, en el cual puedes estar con tu caballo pero sin montarlo, o jugar en el salón, o hacer vida social...
¿Tendré una compañera de habitación?
Si quieres, sí; no tenemos muchos alumnos –dijo con tristeza–. Actualmente sólo sois cuarenta con residencia y sesenta sin ella, y tenemos cinco monitores y yo. Bien, vamos.

Me despedí de papá con un fuerte abrazo y la promesa de llamarle pronto y seguí a la mujer. Mientras veía los edificios y el mapa simultáneamente intenté hacer un recorrido en mi mente. Según se entraba por el portón, el primer edificio eran las oficinas, y a la izquierda estaban los dos prados. Subiendo había unas cuadras, unas cien o así, y más allá pude ver lo que pensé que sería una pista cubierta. Seguimos subiendo y apareció otra pista, esta vez al aire libre, y con gradas; a su lado había dos edificios más pegados, en uno de ellos se arracimaban unos pocos chicos y el otro tenía el aspecto de ser el de las clases normales.

Bueno, los de la izquierda son los dormitorios –dijo la señora–. Si subes un poco más encontrarás un salón donde hay teles, consolas, billares, futbolines... Ahí suelen estar la mayor parte de los alumnos cuando hay tiempo libre. Y a su lado está el comedor. ¿Me has dicho que quería compañera de cuarto, no? Ven, creo que sé quién será la perfecta persona para ti.

Me acompañó adentro; descubrí con cierta sorpresa un pequeño recibidor de colores suaves y cálidos, con un tablón donde colgaban muchas llaves con un número escrito encima. Había un pasillo, que seguimos, y al frente unas escaleras y a la derecha un salón donde encontré unos diez o doce sofás y algunos televisores, así como una nevera. En la estancia se hallaban algunas chicas.

¿Habéis visto a Luna? –interrogó mi acompañante.
Sí, está en su habitación, la 17 –respondió una.
Gracias.

Ella se lanzó por las escaleras, y tras subirlas, por un pasillo decorado con el mismo estilo que el recibidor y el salón. Parecía un corredor de hotel, con puertas a los lados con números escritos. Al llegar al final llamó a la puerta de una de las habitaciones y entró.

Era un cuarto pequeño y agradable, con dos camas, dos escritorios, dos mesillas de noche y un enorme armario empotrado. A su lado había una puerta que supuse que llevaría al cuarto de baño. En una de las camas se amontonaban cojines, libros, un peluche, mil y un cables... al igual que en el escritorio. La mesilla estaba repleta de lápices de ojos y cremas.

Una chica bajita apareció como por encanto del interior del armario. Su piel tenía un bello y suave color moca, y el cabello estaba recogido en  dos trenzas a ambos lados de su cara. Esgrimió una sonrisa con los dientes más blancos que había visto jamás.

–¡Ah! –dijo–. ¿Me traes a mi compañera de cuarto, Rosa? ¡Por fin! Hola, me llamo Luna –se presentó con entusiasmo.
–Yo soy Silvia.
–Bueno, chicas, veo que os entenderéis muy bien. Me voy que tengo mucho que hacer –se despidió Rosa.
–¡Esto es fantástico! ¿Qué quieres hacer ahora? –preguntó Luna.
–Eh... Pues... Quiero ir a ver cómo está mi yegua Calgary, hacerle unos mimos...
–Claro, ven conmigo.

Luna me arrolló fuera de la habitación con su desbordante energía y me condujo a paso ligero hasta las cuadras.
–Si acaba de llegar, tu yegua debe de estar por allí –razonó ella–. Vamos. De paso te enseñaré a mi caballo Winston.

El équido era de color marrón y blanco, y altísimo. Estaba cubierto con una bonita manta verde y azul de cuadros. Mi yegua estaba justo en el box de al lado, con un paja y el abrevadero lleno.

–¡Qué bonita! –dijo Luna cuando la vio.

Me enorgullecí de mi yegua. Calgary era de tamaño medio, pero esbelta y de color blanco con ese toque grisáceo que tienen algunos caballos. Estábamos conectadas, porque casi siempre me obedecía a la primera a pesar de ser un poco tozuda, y a mi monitora de antes, no. La adoraba. Ella olisqueaba sin parar todos los rincones de su box, probablemente preguntándose dónde estaba. Entré dentro y acerqué mi mano a su hocico para que lo oliera.

–Sí, bonita, sí –dije en voz baja–. No pasa nada. Estoy aquí. –Le palmeé el cuello.

Estuve unos minutos más con ella y después regresé con Luna a nuestra habitación.

CAPÍTULO 1. Mudanza.

La puerta del coche se cerró con un ruido suave, casi inaudible. Bueno, era un Audi, tampoco esperaba que hubiera un estrépito. Mi padre me sonrió y me apoyó la mano en la rodilla. Yo le devolví una mirada casi inexpresiva. Mi prototipo de hermana, léase Iria, había sacado su móvil y hablaba sin parar con una amiga, examinándose las uñas. Apoyé la cabeza en el cristal de la ventana y fantaseé con quedarme a solas con mis pensamientos.


Aquel viaje, aquella mudanza, no estaba bien. A ver, no quiero hablar de chorradas como premoniciones y visiones de pitonisa, ¿vale?, pero sabía que no estaba bien. Era un error. En realidad yo misma era un error. Había nacido por equivocación. Pero claro, ya que estábamos, mi madre quería darme a un orfanato, y mi padre no. Supongo que mi nacimiento contribuyó a estropear su matrimonio. Resumen: mi madre se piró a Madrid con un supuesto primo suyo y mi padre se quedó conmigo en Vigo.


La verdad, papá lo había hecho bastante bien a pesar de ser yo su primera hija. Vivimos trece años juntos riéndonos de la vida, hasta que un día fatídico llegó una carta de mi, esto, madre. Y exagero al usar la palabra.


En ella contaba que había conocido a un hombre y que había tenido una hija (otra) con él. Pero –y aquí la carta tomaba un carácter más triste– el hombre en cuestión las había abandonado a ella y a su hija, y no podía mantenerla con su sueldo de esteticienne. Por eso, concluía, veía oportuno enviárnosla durante un tiempo. Indefinido, claro. A la semana siguiente, Iria llegaba al aeropuerto Peinador vigués con aires de diva de la gran ciudad. Enseguida empezó a mandarme, a pesar de tener un año menos que yo. La odiaba.


Ah, y me queda algo por decir. Mi padre, que trabajaba en un banco, había obtenido un ascenso un año después de la llegada de Iria y por tanto, ganaba más. Mucho más, de hecho. Interesantes cambios: compramos una casa más grande, me regalaron un caballo (montar a caballo es mi gran pasión, además de la música), nueva ropa de marca... Cuando cumplí los quince años, hace un par de meses, mi padre anunció lo que se había estado cociendo en su cabeza: quería enviarme a un internado; claro, primero me escandalicé, pero luego me enteré de que era un internado especial: por la mañana daríamos cinco horas de clase, y después de comer... adivina: ¡equitación! Vale, puede que me encante y tal, pero aún estoy empezando. De hecho sólo he galopado una vez o dos. Me mostré encantada con la idea, empecé a hacer planes, se lo dije a mi yegua, Calgary, y en resumen, me emocioné demasiado. Traducción: jarro de agua fría cuando me enteré de que era en A Coruña. Entonces me negué (creéme, fue difícil) pero mi padre ya había reservado una plaza y al parecer era bastante caro, así que... ¡tachán! Ya me ves a mí haciendo la maleta a la fuerza. Alquilamos un tráiler, metimos dentro a Calgary y nos largamos. Toda una vida perdida.


–Ya queda poco –dijo mi padre, interrumpiendo mi batalla mental; había hablado con voz suave, pero me sobresalté–. Ya verás, te vendrá bien un cambio de aires.
–Sí, es un planazo cambiar de ciudad, insituto, amigos, ambiente, blabla y demás –dije con fingido entusiasmo.
–Alégrate un poco, Silvia –dijo mi hermanastra con maldad–. Total, vas a estar marginada aquí al igual que allí.
–Tú cállate, niño –le respondí; me gustaba llamarla así, porque se cabreaba que no veas–. Por muy de guay que te vayas, no llegas ni a chachi.


Dicho esto me puse los auriculares y la ignoré mientras pulsaba el play para escuchar Replay. A partir de aquí creo que me quedé dormida, y me desperté cuado estábamos ya en la ciudad: lo primero que vieron mis ojos fue el paseo marítimo. No me dio tiempo a ver mucho más, porque al llegar al hotel Meliá María Pita, mi padre continuó unos metros y torció a la derecha, internándose en las calles.


–Vamos a ver primero nuestra casa antes de llevarte al internado –comentó mi padre.


Le respondió el silencio: el parloteo incansable de Iria era una variante (es increíble cómo puede tener esa vida social a los catorce años; yo no tengo tanta) y yo no contesté.


El coche se detuvo enseguida y papá aparcó. Sacar una maleta (la de mi padre e Iria, con las cosas básicas) del maletero, cruzar la calle, abrir el portal y subir hasta el quinto llevó apenas cinco minutos. Mi padre introdujo la llave en la cerradura y entramos en el piso.


Seamos sinceros. Si quieres que te diga la verdad me esperaba más. No era más que un suelo de parqué, con dos habitaciones, un baño, una cocina y un salón. Realmente, ni siquiera. No había ni un mueble (sólo electrodomésticos), ni un miserable periódico para proteger el parqué.


–Iria, las cosas llegarán mañana –anunció mi padre–. Sólo tenemos dos colchones y dos mantas.
–¿Y almohadas? –preguntó Iria–. No puedo dormir sin una. ¿Tampoco hay cojines? Pues el pelo se me va a estropear todo. Deberías haber organizado esto mejor, Ricardo.


¡Dios, cómo odiaba que le echara las cosas en cara a papá!


–Sí, sí –contestó él sin inmutarse; creo que ni siquiera oyó lo que le decía.


Escuché discutir a Iria y a papá desde el recibidor.


–¡Ricardo! ¡Pero mira qué habitación! ¡Es diminuta!
–Ah, qué quieres, ¿irte con Silvia al internado?


Dicho eso, se calló y se alejó con gesto ofendido y altivo.


Papá miró la hora en su reloj.


–Vamos, cariño, nos esperan en la escuela a las cinco.
–¿Cuánto se tarda en llegar? –pregunté en voz baja.
–Me parece que tres cuartos de hora o así –contestó–. Silvia, escúchame bien. Esta es una oportunidad muy importante, y no estarías aquí de no ser por tu monitora de equitación en Vigo. Ella vio tu potencial y me recomendó esta escuela, al parecer enseñan muy bien. Y Calgary aún no está bien domada...
–¡Doy fe! –A pesar de llevar sólo durante el verano montando, ya me había caído dos veces de mi yegua. Y una de ellas no precisamente suave.
–... El caso –prosiguió mi padre–, es que por la mañana darás clase normal, o sea, de lengua, mates, etcétera, con tus compañeros, sólo aquellos que no hayan terminado aún la ESO, y mientras Calgary será empleada en las clases para alumnos que tengan la ESO acabada. Por la tarde, como sabes, será tu turno montar y aprender a cuidar bien a tu yegua. Vas a aprender un montón. Además, voy a procurar cargar el móvil –sonreí, mi padre jamás tenía el teléfono disponible–, y podrás llamarme cuando te sientas perdida.


Tenía un nudo en la garganta.